Meditación

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MEDITACIÓN CON COLORES

Pintar mandalas nos conecta con nuestro Ser

El centro de las figuras hace que pongamos atención a nuestro propio centro. Cuando las coloreamos y danzamos en su energía, el estado de plenitud nos embarga.

El diseño geométrico de las figuras estimula nuestro hemisferio cerebral derecho.
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La palabra Mandala es de origen sánscrito y significa círculo sagrado o mágico. Está formada por las expresiones Manda (Esencia) y La (Concreción), por lo que podría traducirse entonces como Concreción de la Esencia. Los mandalas son figuras de infinitas variaciones, que, básicamente, se organizan en forma radial con un centro y una periferia.

¿Para qué sirven? Sirven para volver la conciencia a la unidad. Las imágenes y el color de los mandalas generan estímulos y sensaciones que provocan diferentes respuestas químicas a nivel cerebral, como si habláramos de una cascada química que puede darnos, entre otros, dos mensajes básicos: endorfinas y adrenalina. En el primer caso, sentiremos placer, relajación, bienestar, como un baño saludable para todo nuestro sistema cuerpo-mente. En el segundo, la respuesta es el displacer y la huída generando estrés en todo nuestro organismo.

Su acción a niveles terapéuticos es muy profunda, ya que con sólo observar un mandala esto provoca un reflejo de identificación con el orden. Al ser una forma concéntrica y en general, simétrica, nos ayuda a lograr un estado de concentración y organización internas.

El diseño geométrico tiene ciertas características que estimulan nuestro hemisferio cerebral derecho, activan la emisión de neurotransmisores, como las endorfinas (como ya dijimos,  son sustancias que le comunican al cuerpo sensaciones de bienestar). El centro hace que pongamos atención a nuestro propio centro.

Por todas partes, no importa que se trate del mundo físico o del espiritual, el círculo mágico del mandala porta un misterio y un mensaje: somos vida en perpetuo movimiento, vida que pulsa entre la forma material, limitada (la periferia) y el vacío sin forma ni límite (el centro). Y somos ambos, somos uno con todo lo existente y estamos inmersos en la totalidad, aunque en la vida ordinaria no tengamos conciencia de ello. El mandala nos lo recuerda, y por eso, cuando meditamos en él, cuando lo creamos y coloreamos, cuando danzamos en su energía, el estado de plenitud nos embarga.

Por todas partes vemos estructuras de mandalas. Pensemos en la rueda, el torno del alfarero o la esfera del reloj. La mayor riqueza en mandalas la origina la naturaleza misma. En ningún lugar nos impresiona tanto la belleza del mandala como en el encanto de las flores y capullos. En el corte transversal de frutos, ramas, troncos, en las raíces del mundo vegetal reconocemos con claridad la estructura de mandala, así como en la construcción de los nidos de los pájaros y en la tela de arañas.

El ser humano se vive a sí mismo corporal, anímica y espiritualmente como mandala, como idéntico al cosmos en la expresión de su estructura material y energética. Vibra junto con todo lo creado girando alrededor del eje cósmico, el gran centro de fuerza, como expresión energética de un centro sutil espiritual-divino. El centro del cuerpo físico es la columna vertebral.

Al caminar por el sendero espiritual, nos esforzamos por alcanzar, desde la agitada periferia externa, el templo de nuestro Yo Superior, para experimentar aquí el Ser Uno Todo y extraer de la concentración en Sí Mismo nuevas fuerzas para expandirlas a nuestra vida cotidiana.
 

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